En estos últimos veranos la península ibérica arde. Desde Galicia hasta Canarias, pasando por Andalucía, Castilla y León o Extremadura, los incendios forestales arrasan con bosques, hogares, fauna y formas de vida. No son catástrofes “naturales”: son la consecuencia directa de la crisis climática, de la desertificación provocada por el extractivismo agrario y de la mala gestión y dejadez política de las administraciones.
La realidad es clara: cada año nos enfrentamos a más olas de calor, menos agua y un territorio cada vez más frágil. Por no hablar de los incendios de sexta generación, imposibles de apagar, y capaces de alterar el clima del territorio en que se dan.
Este verano no está siendo menos, y desde hace unos días nos encontramos con los siguientes titulares: “Los datos apuntan ya al peor año de incendios en España en tres décadas tras un agosto brutal”. Que apuntan a: “Vegetación seca + ‘olas de calor’: incendios forestales en todos los rincones del país, a España le ‘pasa factura’ la falta de prevención.”
Cierto es que para nosotras esta primavera ha sido un regalo casi divino en la que no ha parado llover. Lo estamos notando. Pero ello no quita que en los pueblos se escuche decir a las personas mayores que: “esta calor no es la misma de siempre”. Y que hayamos vivido ya 3 olas de calor en Andalucía, la última superando los 43 grados, con noches tórridas que han llegado a mantenerse en los 30 grados en algunos pueblos. Si es verdad que existe el infierno, debe ser algo parecido.
Ya en 2022 los incendios de Monfragüe, la Sierra de la Culebra, o Sierra Bermeja nos pusieron en alerta: No basta con “apagar el fuego”. Hay que trabajar en la prevención, la regeneración y el cuidado del monte.
Aquí en la provincia de Huelva nos devastó el incendio de Doñana en 2017. También el de Almonaster la Real en 2020 fue un auténtico desastre, tras 12 días de fuego activo y con un final de 12.000 hectáreas calcinadas. Y que decir del incendio de nuestra Pata del Caballo, que atravesó los términos de Escacena y Paterna del Campo, desde Berrocal hasta Aznalcollar, en aquel fatídico 2004, el cual durante décadas fue considerado como el peor incendio del Estado español. Solo superado por los nuevos de sexta generación.
Desde Jornaleras de Huelva en Lucha llevamos años denunciando que el modelo agroindustrial basado en el monocultivo y en el extractivismo es insostenible: exprime los acuíferos, destruye ecosistemas, envenena la tierra, condena al campesinado y a la agricultura familiar en pos de fondos de inversión que cada vez más acaparan miles de hectáreas. Eso que llaman “la uberización del campo”. Y que tal y como denunciamos a diario con pruebas fehacientes y contrastadas se sostiene sobre la explotación laboral de las personas jornaleras que se dedican a recolectar y manipular el alimento. Llámese Almería, Huelva, Murcia, Lleida, Marsella o California.
Sin embargo, vemos como las políticas que se generan, sean del color que sea, se centran en apoyar estos modelos económicos, mientras la gestión del cuidado de nuestra naturaleza, nuestros bosques, nuestro monte, nuestros pulmones verdes, o los derechos de las personas trabajadoras, quedan en un segundo plano, a veces inexistente, y sin garantías.
Lo comprobamos con los recortes económicos que se están dando en materia de prevención de incendios. Y en la inutilidad de esa gente que vive de nuestro dinero en cargos públicos, que, a la hora de enfrentar un grave incendio, acometen actuaciones nefastas. Las cuales, por un lado, llegan a poner en peligro la vida de nuestros compañeros, los bomberos forestales, quienes se enfrentan al fuego y nos libran de él, mientras denuncian unas condiciones laborales precarias, y un incumplimiento de derechos sistémico. Y por otro lado hace que acumulemos una cantidad de desastres ambientales debido a su total ineptitud, los cuales podrían haberse evitado.
Por su ineptitud e inutilidad, o porque como decimos siempre: “Aquí lo que prima es la productividad y el PIB. Lo demás no importa.” Y La naturaleza no aumenta el PIB. (Tan solo sirve para hacer posible la vida humana en la tierra, y nos posibilita el respirar. Cosa menor y secundaria.)
Hace un par de años que enviamos unas simples y pequeñitas propuestas al MITECO, con respecto a la problemática ambiental de Doñana. Debido a la proposición por parte del Gobierno andaluz de amnistiar a los delincuentes que roban el agua de sus acuíferos a través de pozos ilegales, y a la mala gestión y desprotección que se vienen dando en nuestro único pulmón verde rodeado de zona de sacrificio.
El Gobierno de España ha sido advertido en varias ocasiones desde la Comisión europea, con la imposición de multas (que una vez más acabarán saliendo de nuestros bolsillos), incluso con retirar la protección de Patrimonio de la Humanidad, y recortar el presupuesto que se destina a su cuidado y defensa.
Creemos que las propuestas de recuperar el trabajo en el monte calzan a la perfección con la actual situación que se está dando este verano, de nuevo, con graves y grandes incendios que están arrasando el entorno natural, y la vida animal, vegetal y humana de nuestras vecinas y vecinos que habitan el mundo rural. Estaría bien no olvidar que no solo solo se trata de crisis climática, sino que también nos enfrentamos a una grave crisis de biodiversidad, a la que llaman la “sexta extinción masiva”, que está acabando con miles de especies.
Porque va de la mano el optar a trabajos decentes que garanticen los derechos de las personas de los pueblos, a la vez que sirvan para proteger y cuidar nuestra naturaleza (empleo verde y sostenible del de verdad, sin greenwashing), y sería un gran paso para transitar hacia otros modelos económicos y para crear alternativas agroecológicas, que permitan a su vez dejar respirar entornos como el de Doñana, agotados hasta la extenuación por modelos depredadores.
Cabría destacar que el trabajo en el monte no es nada nuevo. Y que en nuestra zona ya se daba hace unas décadas, cuando aún no existía el PER agrario, en las épocas en las que no había trabajo en el campo. Con salarios dignos, y buenas condiciones laborales. No estamos inventando nada nuevo.
Por ello, ante la emergencia actual, reafirmamos nuestras propuestas de:
- Recuperar el trabajo de regeneración y conservación del monte. Necesitamos brigadas rurales permanentes, formadas y con salarios dignos, que cuiden la sierra y nuestros bosques. No podemos seguir dependiendo de empleos precarios que aparecen solo cuando el fuego ya está desatado. La regeneración forestal es empleo verde, feminista y de futuro.
- Fomentar cultivos y actividades tradicionales sostenibles. La recuperación de la vida, el pastoreo y una ganadería anclada al territorio no solo garantizarían alimentos sanos y cercanos, también ayudarían a prevenir incendios, mantener vivos los pueblos y devolver la dignidad a al mundo rural vaciado y empobrecido.
- Superar el modelo extractivista del agronegocio. Es urgente transitar hacia la agroecología y el fin del monocultivo. Solo así habrá alternativas laborales reales y podremos romper con la cadena de explotación y miedo que sufren tantas personas trabajadoras que, por necesidad, y ante las pocas opciones laborales, callan y aguantan la explotación año tras año.
- Poner la vida en el centro. La tierra, el agua, los bosques y quienes los habitamos —humanos y no humanos— deben ser la prioridad de cualquier política pública. Todo lo demás debe organizarse a partir de ahí.
Los incendios no son inevitables. Lo que es inevitable es que sigamos perdiendo territorio, biodiversidad y vidas si seguimos permitiendo que el extractivismo y la desidia política marquen el rumbo.
Frente al fuego y al abandono, nuestra propuesta es clara: recuperar el trabajo de regeneración y cuidado del monte como un pilar de justicia social, climática y laboral.
Ana Pinto Lepe. Jornaleras de Huelva en Lucha.
23/08/2025


